27 abr. 2010

Mea culpa

Algo estoy haciendo mal. A los hechos me remito.


Sin querer echarme flores, he de decir que me considero un buen padre. Esto no quiere decir nada más que hago casi todo lo que puedo porque mis peques estén bien. A veces, no es fácil tomar decisiones y aquello que decía mi padre de me duele más a mí (y que yo no me creía ni de coña) lo he llegado a sentir.


Reconozco que soy un padre un poco gritón y que no soy un dechado de calma cuando las cosas se tuercen. Reconozco que a veces me enfado demasiado rápido y que, en ocasiones, exijo a personas demasiado pequeñas que se comporten como casi adultos. Y reconozco que a veces no doy segundas oportunidades a esos renacuajos que merecen dos, tres o mil.


Sin embargo, por muy enfadado que esté no dejo que mis bestias se acuesten sin un beso o sin un choque de manos. No dejo de felicitarles por cualquier hazaña que consigan, por pequeña que sea. Saberse una palabra con la T es tan imporante o más que escalar el columpio más alto. No dudo en tirar de caramelos cuando la ocasión lo merece y procuro que pasen el mayor tiempo posible en parques, en zonas de juego o en el mismo campo. Hasta les he llevado a coger cardillos.


Hoy mi hijo mayor me ha dejado sin palabras. Justo antes de acostarse le he comentado que no nos había dado tiempo a cortar uñas y que lo dejaríamos para la tarde de mañana. Su respuesta ha sido tajante: Papi, ¿y de quién ha sido la culpa? Me ha sorprendido tanto, que casi no he sido capaz de explicarle que no es tan malo que no de tiempo a hacer cosas, que casi nada es culpa de alguien, que hay días que las cosas salen mejor que otros... en fin, esas cosas.


EJECUTOR, creo que me merezco un pescozón para que no se me olvide que debo intentar que mis hijos no sean tan negativos.


¡Salud y rocanrol!

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